Historia del vello facial en América

La historia del vello facial en América muestra que la barba, el bigote, las patillas, el entrecejo y la ausencia de pelo nunca fueron decisiones exclusivamente personales. Han funcionado como signos de masculinidad, poder, clase social, etnia, religión, profesión, rebeldía e identidad, y han estado condicionados por la cultura, la tecnología, la medicina y las normas de apariencia.

En la antigua América barbilampiña, con un tijeretazo aquí y otra allá, construimos nuestra propia historia del pelo. Barbas, bigotes, patillas y entrecejos que marcan la historia de ciudades, países y continentes enteros.

El vello facial como marcador social

La cuestión del pelo, de los vellos, de las depilaciones y el bigote femenino forman parte de las preocupaciones de los doctores en filosofía Tomás Balmaceda y Pao Raffetta. La idea es articular una especie de historia del vello que atraviesa a toda la civilización occidental y que se va escribiendo de manera inesperada, quizás porque no se terminan de problematizar.

Hay prácticas mucho más amplias que las que tienen que ver con ciertas expectativas de género que el pelo tiene o no que cumplir y que se marca en políticas más amplias sobre géneros y también sobre clases sociales. También en la manera en la que se dividen distintos sectores, no solamente por cuestiones económicas, sino también de color de piel o etnia.

Cualquier decisión que tomemos acerca de nuestro vello es una descripción que no surge de una voluntad completamente pura sino que estamos todo el tiempo tironeados por nuestra cultura. A veces lo decimos como una broma, pero es muy cierto y es que “todo pelo es político”.

Y que justamente nos habla un montón del lugar que tenemos que ocupar en la sociedad o que nos piden que ocupemos. No estamos postulando que hay una suerte de hombre o mujer o identidad puramente biológica pero sí que estamos absolutamente cruzados por la cultura y la tecnología.

Los primeros afeitados y las prácticas antiguas

El afeitado del vello facial se remonta a los sumerios y antiguos egipcios, que utilizaban navajas de cobre o bronce. La primera maquinita de afeitar se encuentra en la era de los antiguos egipcios.

Se han encontrado en las cuevas piedras con filo que se utilizaban para que los hombres se quitaran el vello de la cara. Aunque probablemente quienes se iniciaron en este ritual fueron los antiguos egipcios, quienes tenían altos conceptos estéticos y de higiene.

La primera crema depilatoria se hacía de sangre de animales, tortugas, gusanos o grasa de hipopótamos, y las ceras se hacían con azúcar, agua, limón, aceite y miel; o con sicomoro -un árbol sagrado-, savia y pepino. También se utilizaban navajas de sílex, cobre y hierro, y la obsesión llegó hasta tal punto que una persona no podía entrar a un templo si no estaba depilado.

Por lo general, la mayoría de los hombres de la antigüedad preferían la barba y afeitarse se consideraba una tarea ardua y a veces también insegura. Aun así, para la mayoría de los hombres no se trataba de ser “demasiado perezosos para afeitarse”, ni entonces ni ahora, afirma Oldstone-Moore: “Los hombres a la moda seguían teniendo que ir a la barbería y cuidarse la barba como es debido, y tenían aceites y peines y ese tipo de cosas”.

Barbas, poder y género en el mundo antiguo

El vello facial se ha equiparado a menudo con la masculinidad y el poder patriarcal, pero ese poder hirsuto es a veces transferible: la faraona Hatshepsut (ca. 1508-1458 a.C.) lució barba artificial cuando gobernó Egipto durante más de dos décadas.

Según Oldstone-Moore, los reyes egipcios ya se habían ataviado de forma estilizada, con pelucas, coronas y barbas artificiales decorativas, por lo que la barba de Hatshepsut estaba en consonancia con las costumbres sartoriales de sus predecesores.

En Grecia, el cuerpo depilado era un ideal de belleza, juventud e inocencia. En general, solo las clases sociales más altas se depilaban completamente, incluso el vello púbico.

Las romanas depilaban su vello púbico apenas comenzaba a crecer durante la adolescencia, y en los baños públicos existían una zona específica para depilarse. Se utilizaban pinzas, resina y una cera hecha a base de alquitrán. Eran los esclavos quienes se encargaban de depilar.

Alejandro Magno y el rostro afeitado

La barba durante muchísimo tiempo fue considerada como un signo de masculinidad completa y de sabiduría, y hubo cortes como el que impuso Alejandro Magno. Hasta él, todos los líderes de la antigüedad tenían barba.

Hace más de 2000 años, cuando las tropas de Alejandro Magno se preparaban para una batalla crucial sobre Asia, el famoso comandante macedonio se enteró de que sus tropas eran superadas en número por al menos cinco a uno. Para ayudar a calmar parte de la ansiedad de sus fuerzas, Alejandro dio una orden inusual: sus tropas debían afeitarse.

¿Por qué? Era demasiado fácil, dijo, para sus enemigos agarrar las barbas macedonias. Según el historiador Christopher Oldstone-Moore, esta medida, unida al sorprendente éxito de Alejandro en el campo de batalla, alimentó una tendencia a no llevar barba entre los hombres griegos y romanos que perduró durante los 400 años siguientes.

Cuando Alejandro Magno finalmente llega al máximo poder no usa barba, todas las imágenes que conocemos de él son sin barba. ¿Y qué pasó ahí? Es materia de hipótesis, pero es posible que él quisiera recoger el valor de la juventud.

Teorías médicas sobre la barba

Las ideas sobre el significado de la barba de los hombres han llegado a los libros de medicina. Los médicos del Renacimiento escribieron que el crecimiento del vello facial estaba explícitamente ligado a la producción de semen, una idea presagiada por los científicos griegos clásicos que teorizaban que los hombres tienen un “calor vital” que explica su tamaño, fuerza y vellosidad.

Como escribe Oldstone-Moore, según estas creencias, sólo el cuerpo de un hombre podría soportar el crecimiento de la barba. En la Antigua Grecia, la gente creía que si a una mujer posmenopáusica le crecía vello facial, enfermaba y acababa muriendo, simplemente tenía una acumulación antinatural de semen, y el vello facial era un síntoma de ese problema subyacente.

La abadesa alemana Hildegarda de Bingen, en torno al año 1160, añadió otra explicación a esta teoría: la razón por la que el vello facial aparecía exclusivamente alrededor de la boca era el aliento caliente de los hombres.

Según los escritos de Hildegarda, las mujeres no tendrían un aliento tan caliente como el de los hombres porque éstos se formaron de la “tierra”, mientras que las mujeres se formaron de los hombres, explicó, vinculando su pensamiento a la ideología Creacionista.

La regulación cultural del rostro

¿Qué pretende la cultura al regular tanto el pelo humano? ¿Es para garantizar que a simple vista se pueda distinguir hombres de mujeres? ¿Propios de ajenos? ¿Amigas de enemigos?

Existen frases como las de Isidoro de Sevilla, del siglo VI, que dice: “Llevar la barba creçida porque en todas las cosas que el ombre se puede apartar de pareçer muger es razón que lo haga. Como sea la barba de las cosas que se aparta el ombre de pareçer muger va bien con la barba”.

Así que ya los padres de la iglesia sabían expresar bien que distinguir entre hombres y mujeres es más una necesidad social que un hecho de la biología. Y esa insistencia en distinguir varones de mujeres, que hoy se pone en juego con la ley de identidad de género y el reconocimiento de las identidades fuera del binario, quizás explica tanto los desafíos feministas del mandato de la depilación obligatoria como las respuestas violentas que van desde la mostrificación de la mujer barbuda hasta la insistencia en la “naturalidad” de la diferencia sexual a través de uso del pelo como marcador de sexo.

La barba en Europa y su influencia en América

Más tarde, las barbas adquirieron tal importancia que Shakespeare las menciona explícitamente en todas sus obras menos en cuatro, señaló el historiador Will Fisher en la revista Renaissance Quarterly en 2001.

Además, escribe, el análisis de una colección de unos 300 retratos de hombres europeos de los siglos XVI y XVII indica que por cada retrato de un hombre sin barba, había unos 10 retratos de hombres con barba.

Los estilos de la época incluían el “estilete” delgado y anguloso, un “corte cuadrado” más voluminoso e incluso una “cola de golondrina” de doble mechón.

En tiempos de los Tudor, la barba era un símbolo visible y exterior de masculinidad y virilidad. Jalar la barba de un hombre en ese tiempo era un insulto atroz contra su hombría.

Pero luego, en el siglo XVII, perdió su encanto en el Reino Unido casi por completo. “Si tenías una barba débil y desordenada, eras visto como una persona naturalmente enferma”.

El siglo XVIII fue la época de la Ilustración, por ese entonces el ideal era pulcritud y elegancia, abrirse y entender el mundo. “Si te afeitas una barba, estás abriendo tu cara”, dijo Withey. “El nuevo ideal de cómo debería verse un hombre era limpio y afeitado”.

En el siglo XVIII, el vello facial también estaba estrechamente ligado a las ideas antiguas del cuerpo, que enfatizaban la asociación del cuerpo con los cuatro humores: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla.

Así que las barbas eran tratadas como cosas que había que eliminar o cortar, al igual que las uñas. “Si te afeitas la barba, te estás deshaciendo de un residuo”, dice Withey.

La vuelta de la barba en el siglo XIX

Aunque el vello facial dejó de estar de moda en el siglo XVIII, no pasó mucho tiempo para que las barbas hicieran un retorno masivo. Durante la era victoriana, con los exploradores británicos volviendo de expediciones luciendo espesas barbas, se disparó una nueva ola dentro del movimiento de la barba.

“Los victorianos solían emular a los exploradores, quienes desaparecían dentro de las junglas por meses. Se querían ver rudos y masculinos”, dice Withey.

También veían las barbas útiles contra los gérmenes, en tanto que las barbas atraparían todas las cosas asquerosas antes de que alcanzaran la garganta.

En épocas anteriores, el clima era incluso más severo. Alejandro Magno prohibió la barba para que no supusiera una desventaja en el combate; varios gobernantes, entre ellos el rey Enrique VIII, Isabel I y Pedro el Grande, implementaron un “impuesto a la barba”, lo que la convirtió en un firme indicador de afluencia y estatus social.

En Rusia a principios del siglo XVIII, los hombres barbados debían portar un “símbolo de barba” para demostrar que ya habían pagado. “Tradicionalmente, los hombres han tomado sus indicadores del arreglo físico de las figuras de autoridad, como el rey, los políticos o los clérigos”, dice el Dr. Peterkin.

“Las autoridades nos decían qué es ser un hombre y cómo deberíamos vernos”. “Hubo muchas declaraciones arbitrarias sobre el vello facial, que afirmaban que era pecaminoso, virtuoso o lo que fuera”.

“Siempre fue por razones de control. Los hombres mostraban su lealtad, y un indicio de su clase, en sus rostros”.

Las prácticas de depilación en América

Desde la Edad Media hasta la actualidad, las mujeres siguieron depilándose, e incluso muchos castillos tenían una habitación específica para la depilación. La precursora de esta moda fue la reina Elizabeth I.

Se utilizaban cada vez más las navajas y las pinzas, aunque seguían las cremas y las ceras depilatorias. En la misma época, pero en América, los aborígenes solían depilarse también, especialmente los nativos que vivían en la que hoy es Argentina, llamados “frentones” por los conquistadores españoles ya que eliminaban todo el vello de la cara, incluidas las pestañas y cejas.

En la India siempre se utilizó la técnica de hilos y navajas de cobre, y la depilación del vello púbico era un acto erótico. A su vez, los musulmanes se depilan para mantener sus cuerpos limpios.

La distribución del vello en el cuerpo es natural y que naturalmente divide a la humanidad en machos con pelo y hembras sin pelo. Sin embargo, cuando vemos la industria milenaria detrás de esa naturalidad encontramos técnicas para la depilación desde la edad del cobre, así como mandatos y prohibiciones sobre cómo deben lucir el pelo y la barba, o falta de ella, incluso en la Biblia y el Corán.

El rostro indígena y las clasificaciones coloniales

Hay personas que viven que tienen en las niñas un bigotito que es muy común y que acá lo veríamos como que da vergüenza. La observación muestra que la valoración del vello facial también dependía de la región, la etnia y la mirada social que imponían los grupos dominantes.

También está la estigmatización y la monstruificación de las velludas, el desprecio por los lampiños, y los refranes populares, y las modas y demases. La presión cultural es enorme.

Tenemos pelos y es una especie de continuado, hay personas que están más cerca de tener muchos pelos, hay personas más cerca de tener menos pelos, pero no está determinado, no hay una proporción.

Puede haber púberes que estén sin pelo y que naturalmente ni siquiera tengan vellos púbicos. Y hay personas del sexo femenino que sin embargo son muy peludas y que tienen pelos en los brazos, en las piernas. Potencialmente uno podría tener pelos de cualquier parte del cuerpo.

Entonces directamente los mandatos genéricos es lo que queremos cuestionar. Cuando veas, por ejemplo, a las mujeres barbudas de España, bueno, eran un fenómeno, pero de alguna manera estaban incorporadas en el catálogo de personas que te podías cruzar.

La modernización del afeitado

En el siglo XVIII se inventó la primera afeitadora, más similar a las que utilizamos hoy en día. La idea fue del barbero francés Jean Jacques Perret.

Pero no fue hasta 1903 cuando Gillette inventó la primera maquinita con hojas intercambiables. Treinta años después se inventó la primera eléctrica.

En 1750 se da inicio a una época de nuevas y afiladas rasuradoras de acero fundido, y los hombres empezaron a afeitarse. Entonces hay una pregunta por hacer: ¿las nuevas rasuradoras hacen que los hombres se quieran afeitar más, o es el hecho de que los hombres ya se han estado rasurando lo que provoca la innovación tecnológica?

En 1904, King C. Gillette patentó su maquinilla de afeitar en EE. UU. y en 1937, según Oldstone-Moore, la crema de afeitar y sus accesorios alcanzaron unas ventas estimadas de 80 millones de dólares sólo en Estados Unidos.

Remington inventó en 1940 la primera maquinilla eléctrica especialmente ideada para mujeres, que en esos momentos ya se depilaban piernas y brazos por razones de moda: las faldas y las mangas cortas.

Tal vez la mayor revolución sucedió en 1960, cuando se creó el láser RUBY, el primero que se utilizó con fines dermatológicos y estéticos. Aunque no se empezó a utilizar como depilación hasta el año 1994.

La depilación femenina y la aparición de las piernas visibles

La historia del pelo no puede no registrar que, por ejemplo, hasta los años veinte del siglo pasado las mujeres no se depilaban las piernas, no había depilación de piernas.

Cuando en la Primera Guerra Mundial hay una faltante de ciertos elementos con los que se hacían las medias de las mujeres, las mujeres tuvieron que empezar a mostrar las piernas, sobre todo en los Estados Unidos, y ahí comienza la idea de que se tienen que depilar porque los pelos se debían ver solo en la intimidad, no en la vía pública.

Ahí aparecen los primeros intentos de vender a las mujeres máquinas de afeitar como la Gillette, las tradicionales con forma de T. En la historia contemporánea, el primer lugar que las mujeres se depilaron completamente fueron las axilas, debido a los vestidos sin mangas que comenzaron a utilizarse por el año 1915.

A partir de la mitad de la década de 1920, también se añadieron las piernas, gracias a las faldas cada vez más cortas. A mitad de siglo, sumamos a la rutina la depilación íntima, y quitar el vello se convirtió en la norma y no en la excepción.

Medicina, higiene y rechazo de la barba

En el siglo XIX, la teoría de los gérmenes de Louis Pasteur reforzó el apoyo médico al afeitado: el vello facial, advertían los médicos, era un refugio de microbios.

De hecho, un científico francés observó en un experimento de 1907 que los labios de una mujer besada por un hombre con bigote estaban “contaminados con bacterias de la tuberculosis y la difteria, así como con partículas de comida y un pelo de la pata de una araña”.

Un estudio publicado en la revista The Lancet por esas mismas fechas también concluía que los hombres afeitados tenían menos probabilidades de resfriarse.

Según Oldstone-Moore, el trabajo sostenía que el jabón podía ser más eficaz en un rostro sin vello, aunque una barba bien cuidada no es especialmente sucia.

Barbas, trabajo y autoridad en Estados Unidos

Los centros de trabajo de principios del siglo XX en adelante también regulaban el vello facial y exigían a sus trabajadores masculinos que se afeitaran como signo clave de profesionalidad y limpieza.

Las controversias sobre el vello facial también llegaron al más alto tribunal del país: un caso del Tribunal Supremo de EE. UU. en 1976, Kelley contra Johnson, incluso defendió la autoridad de un empleador para dictar normas de aseo para sus empleados.

En ese caso, los policías del condado de Suffolk (Nueva York) se habían opuesto a unas normas laborales que les prohibían dejarse crecer el pelo por debajo del cuello o el vello facial, salvo un bigote bien recortado que no llegara hasta el labio.

El condado argumentó con éxito que esas normas de aseo hacían que la policía fuera reconocible para el público y contribuían a la cohesión del cuerpo. En los años siguientes, el precedente de este caso se aplicó a los empleados escolares y a otros trabajadores de todo el país.

Más de 12 años después de la sentencia del Tribunal Supremo, en 1992, los policías de Massachusetts se opusieron a una prohibición estatal del vello facial entre sus agentes. También perdieron.

El vello facial como rebeldía

Por estas razones, el vello facial o la falta del mismo, tradicionalmente también puede significar subversión. “Oscar Wilde era un hombre bien afeitado cuando todos sus contemporáneos tenían una gran barba victoriana”, dice Peterkin.

“Con el simple hecho de hacer lo opuesto, haces una declaración. Hoy en día, tener barba es un tanto rebelde porque se aparta de lo tradicional”.

En el período de la posguerra, la exigencia militar de afeitarse denotaba decencia. Luego llegaron los beatniks, y los hippies, y el bigote de los setenta de Freddy Mercury, seguido por la barba incipiente de los ochenta y la barba de candado estilo grunge de los noventa.

“Entonces todo se salió de control”, dice Peterkin. “En este período posmoderno todo es aceptado, desde las barbas con recorte profesional hasta la locura hipster”.

“Los hombres en Occidente tienen más libertad de hacer lo que quieran y mantener sus empleos, y éste simplemente no fue el caso para nuestros padres y abuelos”. “Podemos expresarnos de cualquier manera, y dejar crecer nuestro vello facial de más formas que antes”.

La evolución de los estilos masculinos en América

PeriodoEstilo de vello facial
Principios 1800Afeitado total
1860Barba cobertura lateral
1860Barba “cortina” de mentón
Principios 1900Bigote de “asa”
1917-1919El bigote alcanza alta popularidad
1930Bigote “cepillo de dientes”
1930-1940Bigote “lápiz”
1950Bigote “chivo”
1970Bigote “herradura”
1980Bigote “Chevron”
2010 a la actualidadEstilo “lumbersexual”

Al igual que los peinados y maquillaje en las mujeres, el bigote y la barba en los hombres sin duda que han marcado estilos a través de los años. Este nuevo video muestra la evolución del vello facial a través de la historia, basándose en distintos períodos y personajes políticos o de cultura popular.

¿Por qué algunos hombres no les crece la barba? | Discovery en Español

En el transcurso de los últimos años, las tendencias en barbas han experimentado un gran resurgimiento. La barba no siempre ha estado de moda y la evolución de los estilos americanos de los últimos 200 años va desde la cara completamente afeitada a las barbas frondosas.

Bigotes ilustres de América

Hay vellos de esos que no pasan desapercibidos. Por su aspecto, por su personalidad, por su forma de llenar el espacio.

En los cinco continentes existen personajes cuya importancia está bien asociada a su manera de no cortarse ni un pelo. En esta entrega el nuevo Yorokobu América ha querido perfilar la lista de las más importantes pelusas de este lado del Atlántico.

J.E. Duarte, en su libro Sentencias de sabiduría (1941) reproducía una vieja frase en latín que decía “A barba stulti discit tonsor” (En barba de necio se aprende a rapar). Por esa misma razón, a los que vienen a continuación nadie pudo raparles nada.

México: Cantinflas, Don Ramón, Pancho Villa y Emiliano Zapata

Pocas hebras de pelo así de finas alcanzaron la relevancia que le dio a las suyas Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, alias Cantinflas (2011-1993). El humorista mexicano protagonizó cerca de un centenar de películas camuflado detrás del minúsculo bigote que enmarcó los monólogos más caóticos del celuloide hispano.

Para no salirnos de la pantalla ni perder el sabor que dejaron en esos cepillos chilangos el tequila y el mezcal, nombremos a Ramón Valdés Castillo (1923-1988). No existe niño en país de habla castellana que no haya crecido sabiendo a la perfección cómo le erizaba el Chavo del 8 los bigotes al sufrido Don Ramón.

Sin duda México es el país americano que más bigotes ilustres ha dado. Algunos, verdaderos símbolos de resistencia.

Los militares-campesinos José Doroteo Arango Arámbula (1878-1923), más conocido como Pancho Villa, y Emiliano Zapata (1879-1919), sostuvieron en la cara los tupidos pelos que sustentaron la Revolución Mexicana.

Colombia: Carlos Valderrama y Pablo Escobar

En Colombia también tienen el labio superior cubierto. Algunas veces cubierto de gloria y otras veces, de mala baba.

Para la posteridad del deporte dejó su fino bigote el futbolista Carlos Valderrama, el Pibe. En realidad no es que este perfilado detalle fuera tan característico en él, era simplemente el broche de oro a la pelambrera más recordada de la historia del balompié.

El otro ilustre mostacho colombiano es el de la mala baba. Cuentan que el día que el narco más conocido de la historia, Pablo Emilio Escobar Gaviria -Pablo Escobar- (1949-1993), cayó abatido mientras trataba de huir de la policía por los tejados de Medellín, los agentes que le dieron muerte se apresuraron a recortar como recuerdo de su hazaña unos cuantos pelos de su bigote.

Brasil, Estados Unidos y la cultura popular

Hay muchos más vellos ilustres en el planeta con libro de familia ultramarino. Por ejemplo, no hay amante del fútbol que se precie que no sepa vislumbrar a la legua cuando la selección brasileña aparece para bordar la cancha.

El aviso de su llegada: fijarse en que delante de todos esos malabaristas del balón existe un bigote que les precede. Hablamos del bozo del legendario Luiz Felipe Scolari, el incombustible seleccionador.

Y es que un bigote impone. No es el caso de los finos pelillos hipsters que se dejan los chavales de hoy en día, claro está, ¿pero alguien se atrevería a quitarle la razón al mostacho de herradura de Hulk Hogan?

En Estados Unidos siempre les pareció bien lo que fuera que dijese este luchador con hechuras de empotrado de tres cuerpos.

De entre los bigotudos, a Julius Henry Marx, Groucho Marx (1890-1977) le hemos dejado el último. No porque el vello de este actor, humorista y escritor estadounidense no sea uno de los más relevantes de América y del mundo.

Es porque aunque muchos se estén enterando ahora, el famoso y tupido bigote del artista ¡era pintado!

Las grandes barbas americanas

Hay muchas barbas, sí. Pero siendo puntillosos, hay tres que se llevan por goleada la importancia, el reconocimiento y el glamour de todo el continente.

Fidel Castro

Fidel Castro porta una de esas que a nadie en la Tierra le ha pasado desapercibida. Tupida, cerrada, legendaria.

Un día el líder cubano dijo: “Mi barba significa muchas cosas para mi país. Cuando hayamos cumplido nuestra promesa de un buen gobierno, me afeitaré la barba”. Él sabrá.

Abraham Lincoln

Para hacer el empate los vecinos del norte suman al marcador de ilustres barbudos su barba más querida, la de Abraham Lincoln (1809-1865).

Era tan barba, tan barba la del decimosexto presidente de los Estados Unidos que hasta le faltaba el bigote. Una reivindicación perfecta del producto barbudo sin interferencia labial.

Ernesto “Che” Guevara

Por supuesto los marxistas tenían su as en la manga para hacer el 2-1 a la arrogancia ‘barbil’ norteamericana.

El argentino-cubano Ernesto Guevara, el Ché (1928-1967), lució el ejemplo más despoblado, conocido y evocador que nunca haya decorado una cara. El auténtico afeitado de un guerrillero de enciclopedia.

Fidel Castro Abraham Lincoln Che Guevara barbas

Las patillas de Simón Bolívar

Daremos un solo nombre por cuestión de relevancia. El venezolano Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte-Andrade y Blanco, es decir, Simón Bolívar (1783-1830), recorrió con sus patillas media Sudamérica para liberar de la colonización a las actuales Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela y Panamá.

Con ese currículum, a ver quién le hace sombra a los pelos orejeros del Gran Libertador.

La perilla de Venustiano Carranza

En Latinoamérica se llama candado, en España perilla y en casa de Don José Venustiano Carranza (1859-1920) ya no tenía nombre.

Este revolucionario y expresidente mexicano le explicó al continente entero lo que era rodearse la boca de pelos.

Frida Kahlo y el vello facial femenino

¿Quién dijo que el vello facial era cosa de hombres? Jamás habrá nadie que pueda presumir de haberle dado tanta personalidad a un bigote y un entrecejo como la artista mexicana Frida Kahlo.

Pelos en la cara con aspecto de oda a la trasgresión y con longitud suficiente como para liderar el movimiento feminista mexicano. Tan orgullosa estaba de su decoración facial, que hasta exageraba la cantidad de sus vellos en los autorretratos.

Frida Kahlo es un caso muy fuerte ya que a pesar de tener una uniceja y vello facial, como su bigote, este es ocultado.

Es muy común que revistas de moda usen la figura de Frida para sus producciones fotográficas y todas agarran la uniceja pero no agarran los bigotes.

Incluso en la película que hizo Hollywood sobre su vida, Salma Hayek está muy bien representada en toda su iconografía, salvo en el bigote, que Hollywood no hubiera podido soportar.

Y es porque esos mandatos están muy presentes.

Frida Kahlo autorretrato cejas vello facial

Vello facial, masculinidades e identidades trans

Nos vamos a concentrar en el vello corporal, que es un tema que nos atraviesa y nos envuelve. Y lo hacemos desde una perspectiva transfeminista, sensible a las vivencias lgbtiq, al respecto del vello corporal y facial.

Desde mi punto de vista, puedo aportar un pasado lésbico chongo, o de feminidad masculina, con una comunidad de tortas que rechazamos el mandato de depilación obligatoria mientras abrazamos a las compañeras que deciden hacerlo.

De la misma manera, la presencia de vello facial y corporal también puede ser crucial para el desarrollo de muchas masculinidades trans y nobinaries, así como muchas frágiles masculinidades cis.

Así encontraremos toda otra industria, espejo de la industria de la depilación, como la industria del repelaje, aquella que busca incrementar el vello corporal y la barba, usando estrategias que van desde el uso de productos farmacológicos o naturales para estimular el crecimiento del pelo hasta sofisticadas técnicas quirúrgicas de implante y transplante capilar, a las que la comunidad trans en general no tiene acceso.

Para las personas trans, el vello puede tener consecuencias relacionadas con la seguridad personal y con la posibilidad de “pasar”, verbo que usamos para decir que a una persona no se le note a simple vista que sea trans.

“Pasar” por cis puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, para una persona trans. Así que el acceso a la depilación puede ser fundamental para la calidad de vida de una feminidad trans.

La presencia de vello facial y corporal también puede ser crucial para el desarrollo de muchas masculinidades trans y nobinaries, así como muchas frágiles masculinidades cis.

La barba como declaración social

Según el Dr. Allan Peterkin, la barba siempre ha sido un símbolo social poderoso y a menudo controvertido. “Ha sido solo desde hace poco que los hombres han tenido una opción respecto al vello facial”, dice.

En la época victoriana, ciertas barbas o patillas eran la insignia de un caballero, o quizá de un deportista. Era algo conocido.

La barba es de vital importancia en la mayoría de sociedades islámicas por ejemplo, y en Turquía, el tamaño y el giro del bigote muestra las afiliaciones políticas de la persona.

Hoy en día, muchos hombres se dejan crecer la barba para reflejar una transición en sus vidas, como un cambio de carrera o un divorcio.

Al Gore, por ejemplo, se dejó crecer la barba después de perder las elecciones presidenciales en 2000. Al hacer esto, cambió su rostro público, demostrando que se estaba convirtiendo en un académico donde las barbas son bienvenidas.

Cómo cambia la barba la percepción de una persona

Pero a pesar de la atmósfera que tolera más y más el vello facial, estudios han demostrado que tener barba altera radicalmente la forma en la que te perciben y no necesariamente para bien.

Se ha argumentado que un hombre barbado parece estar más seguro de su fuerza y de su sistema inmune. También es percibido como alguien que tiene un estatus social más alto.

Sin embargo, varios estudios han sugerido que la barba hace que un hombre se vea más masculino y agresivo, de edad más avanzada y, en términos generales, menos atractivo para las mujeres.

“Tener barba es una declaración audaz, incluso hoy en día”, dice el Dr. Peterkin. “Es por eso que evoca tanta emoción”.

Y es por eso que casi nunca ves a un político o a un banquero con barba. No se pueden dar el lujo de alejar a una parte importante de la población.

El auge contemporáneo de la barba en Estados Unidos

Cuando de vello facial se trata, hay pocos defensores más apasionados que Phill Olsen. Como “fundador y auto nombrado capitán” del Beard Team USA, fue el responsable de traer el deporte de la competencia de barbas a Estados Unidos en 2003.

“Es realmente asombroso”, dice Olsen a CNN desde su hogar en California. “El interés en todo el mundo por la barba ha aumentado”.

“Ves más y más vello facial por todos lados, y cada vez, siento que es una pequeña victoria para mí. Los hombres finalmente se están liberando”.

El 25 de octubre, se llevará a cabo el Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes en Portland, Oregón. Se espera que más de 300 “barbudos” compitan en una variedad de categorías, entre ellas la “la barba completa natural”, “diseño de barba completa con bigote”, “estilo imperial” y “estilo libre”.

Se espera que miles de personas más vengan por el espectáculo. “Los hombres son competitivos. Está en nuestra misma naturaleza”, dice Olsen.

La escala de este evento es emblemática en relación al gran resurgimiento de la cultura de la barba en el transcurso de los últimos años.

Para Olsen, lo que impulsa la creciente popularidad de las barbas masculinas son las políticas sexuales. “Finalmente, nos hemos dado cuenta de que debemos expresar nuestra masculinidad de forma natural, al dejarnos crecer la barba”.

Barberías, globalización y cambios rápidos

Es interesante que aunque las tendencias en barbas solían durar décadas, en el siglo pasado, y particularmente durante los últimos 40 y 50 años, parecen durar tan sólo unos pocos años.

Withey atribuye estos cambios en las tendencias de barbas a la globalización y al bombardeo trepidante de publicidad e imaginarios al que actualmente son expuestas las personas.

“Todo cambia mucho más rápido de lo que cambiaría hace cien años”.

Con el aumento de la libertad facial, se han impuesto diversas opciones de aseo personal. Pero los proveedores de equipos de afeitado y aseo personal masculino no se inmutan: un análisis de mercado de junio de 2022 indica que, en lugar de maquinillas de afeitar, los hombres invierten ahora más en recortadoras eléctricas.

Movimientos como Movember, que apuestan por el bigote en gesto de solidaridad contra el cáncer de próstata, la proliferación de barberías y la moda “hipster” por las barbas son algo relativamente reciente.

La barba como expresión de identidad

Hoy en día, muchos hombres se dejan crecer la barba para reflejar una transición en sus vidas, como un cambio de carrera o un divorcio. Podemos expresarnos de cualquier manera, y dejar crecer nuestro vello facial de más formas que antes.

“No desprecio a los que están bien afeitados”, dice Olsen con magnanimidad. “Simplemente siento lástima por ellos, porque no experimentan la majestuosidad de darse cuenta de todo el potencial masculino que poseemos”.

“En cuanto a quienes tienen una barba incipiente, aún deben pasar por lo que es la humillación casi diaria de mantenerla a ese nivel. Pero al menos han dado el primer paso, y no se han emasculado por completo”.

“Soy abogado”, dice Olsen, “y nunca he recibido un comentario negativo sobre mi barba, por parte de ningún cliente, juez o abogado contrario”.

“No ha sido un obstáculo, sino un activo en mi trabajo. Es una distinción, algo que ayuda a que la gente me recuerde”.

“Demuestra que la persona está dispuesta a ser un individuo, a destacarse, arriesgarse, a ser audaz. En muchas profesiones, eso debería aumentar el aprecio con el que la persona cuenta dentro de la comunidad”.

Debates actuales sobre el futuro de la barba

¿Hemos llegado al punto máximo de la barba? ¿A dónde vamos ahora en términos de la barba?

El Dr. Peterkin cree que la naturaleza de la moda es tal que después de cada pico habrá una depresión, y pronto veremos una disminución en el nivel del entusiasmo por el vello facial.

Sin embargo, Olsen piensa que la revolución apenas está comenzando. “Las personas tienen que darse cuenta de que no todas las barbas son creadas iguales”, dice.

“Hay una barba adecuada para cada rostro. Pueden cepillarlas, limpiarlas y arreglarlas”.

“Tan pronto como las personas empiecen a comprender que tener una barba no es lo mismo que no cepillarse los dientes o no tomar una ducha, y que hay algo para todos, el cielo es el límite”.

“Los hombres necesitan liberarse. Me gustaría ver que aumenten los campeonatos de barbas y con el tiempo, lleguen a estar al nivel de las Olimpíadas”.

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